NOVIEMBRE

13 de noviembre – 365 momentos con El


Tu sustento no está en tu trabajo, sino en tu Padre Celestial

¿Alguna vez sentiste que tus fuerzas no alcanzan, que trabajas sin descanso y aun así nada rinde?
A veces creemos que el dinero, el trabajo o las personas son nuestro sustento… pero se equivocan los que piensan así.

Dios quiere recordarte hoy que Él es quien te da el aliento, la oportunidad y el pan de cada día. Si confías en Él, no te faltará lo necesario. Aunque el camino parezca un desierto, Dios siempre tiene maná preparado para ti.

13 de noviembre – 365 momentos con El.

Tu sustento no está en tu trabajo, sino en tu Padre Celestial.

13 de noviembre – Un Día a la Vez: 365 Momentos con Él



Él te sostuvo ayer, te sostiene hoy y te sostendrá mañana.



Sustentados por DiosLucas 11:9-13

“Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá la puerta… Pues si ustedes, aun siendo humanos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!”
Todos los días buscamos cómo sostenernos: trabajar, pagar cuentas, cuidar a la familia, resolver los problemas. Pero Jesús nos enseña algo profundo:
busquemos primero a Dios con el mismo deseo con que buscamos el pan de cada día, porque solo Él es quien realmente nos sustenta.

Dios no solo quiere darte cosas, Él quiere darte Su presencia, porque sabe que cuando tienes Su Espíritu, tendrás paz incluso cuando el bolsillo esté vacío.
A veces pensamos que Dios se olvidó de nosotros porque no vemos resultados rápidos. Pero Él nunca se retrasa: solo está enseñándonos a confiar.

Así como los israelitas en el desierto comieron maná todos los días, tú y yo también hemos vivido milagros pequeños que tal vez ya ni notamos: una oportunidad que apareció justo a tiempo, alguien que te ayudó sin esperarlo, la fuerza que tuviste cuando querías rendirte.
Eso también es maná.

Nehemías 9:21
“Cuarenta años los sustentaste en el desierto. Nada les faltó.”
Imagínate cuarenta años caminando sin que se les gastaran los zapatos, sin que sus pies se hincharan.
Así es Dios: no siempre te da lo que quieres, pero jamás te deja sin lo que necesitas.
En la vida real, a veces tenemos “desiertos”: meses sin trabajo, enfermedades, soledad, deudas… Pero el desierto no es castigo, es una escuela.
Y en esa escuela Dios prueba nuestro corazón para ver si confiamos más en lo que tenemos o en quién nos lo da.
Muchos quieren salir rápido del desierto, pero el problema no es el tiempo que tardamos, sino la actitud con la que caminamos.
La diferencia entre pasar 40 días o 40 años está en el corazón con que obedeces.

Deuteronomio 8:3 dice:
“Te alimentó con maná para enseñarte que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca del Señor.”
Tu verdadero sustento no está en tu cuenta bancaria, ni en tu jefe, ni en tu pareja… está en la Palabra de Dios.
Por eso, cada vez que leas un versículo, estás comiendo pan del cielo, pan que fortalece el alma.
Pero cuidado: cuando Dios te bendiga, no te olvides de quién te levantó.
Muchos se acuerdan de Dios cuando tienen necesidad, pero lo dejan cuando les va bien.
Él sabe que bendecirte es un riesgo, porque puede que el orgullo te haga creer que todo fue por tu esfuerzo.
Por eso, mantén siempre un corazón humilde y agradecido.
Recuerda de dónde te sacó, cómo te levantó cuando nadie apostaba por ti.
Cuando mires atrás, di con fe:

“Dios me sacó del lodo y me dio un nuevo comienzo. Él es mi sustento, mi paz y mi provisión. No necesito más para estar completo.”

DILE:

Señor, gracias porque Tú eres mi sustento.
Aun cuando no entiendo tus caminos, confío en tu fidelidad.
Gracias por correr el riesgo de bendecirme.
Ayúdame a no olvidarme de ti cuando me vaya bien.
Dame un corazón agradecido, humilde y fiel.
Tú eres mi paz, mi provisión y mi fuerza.
  • Amén.

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🙏Oracion Final

Señor, gracias porque en mis días de escasez me diste sustento,
y en mis días de abundancia me diste humildad.
Enséñame a confiar más en Ti que en mis propias fuerzas.
Que nunca olvide de dónde me sacaste,
y que mi corazón viva agradecido por cada milagro,
aunque sea tan pequeño que otros no lo vean.
Tú eres mi proveedor, mi paz y mi fortaleza. Amén.
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